Jueves Santo desde San Isidro de Coronado - 2026


La celebración se centra primordialmente en la Institución de la Eucaristía, el sacramento del amor por excelencia. Litúrgicamente, este es el momento en que Cristo, al tomar el pan y el vino, anticipa de forma incruenta el sacrificio que consumaría al día siguiente en la Cruz. Al pronunciar las palabras de la consagración, Jesús se ofrece a sí mismo como el verdadero Cordero Pascual, estableciendo el Nuevo Pacto que fundamenta toda la vida sacramental de la Iglesia Católica y que, en Coronado, se vive con una devoción que estremece el alma.

















Unido a este misterio, la liturgia destaca la Institución del Sacerdocio Ministerial. Al encomendar a sus apóstoles el "Hagan esto en memoria mía", Jesús asegura la perpetuidad de su presencia real a través del tiempo. Este acto se complementa visual y espiritualmente con el Lavatorio de los Pies (Mandatum), donde el celebrante imita el gesto de servicio radical del Maestro. En la amplitud de la nave central de San Isidro, este rito nos recuerda que la autoridad en la Iglesia es, ante todo, una entrega humilde al prójimo.






Tras la comunión, la liturgia sufre un cambio drástico de tono: se omite la bendición final y se procede al Traslado del Santísimo Sacramento. El copón con las formas consagradas es llevado en procesión solemne hasta el "Monumento", un altar de reposo preparado con esmero. En este punto, el altar principal del templo es despojado de sus manteles y ornamentos, quedando desnudo. Este vacío simboliza el inicio del abandono que sufrirá Jesús, dejando la estructura de piedra de Coronado en un silencio sepulcral que invita a la oración de agonía.





Posteriormente, la mirada se dirige al Huerto de los Olivos, donde comienza propiamente la Pasión con la agonía de Getsemaní. Es el tiempo del velo y la vigilia, recordando cómo Jesús pidió a sus discípulos que velaran con Él mientras su alma se llenaba de tristeza hasta la muerte. En la penumbra del templo, los fieles acompañan el sufrimiento interno del Señor, quien, en un acto de obediencia perfecta al Padre, acepta el cáliz de la redención mientras el mundo, representado por los apóstoles dormidos, ignora el peso de su angustia.




Finalmente, la jornada litúrgica culmina con el Prendimiento de Jesús. Tras la traición de Judas con un beso, Cristo es entregado a las autoridades. Es el momento en que la luz de la libertad se apaga y comienza el proceso de juicios injustos y torturas. Al salir del templo de Coronado en el silencio de la noche, el fiel lleva consigo la imagen del Maestro cautivo, marcando el inicio de un camino de dolor que solo encontrará su resolución en la mañana de la Resurrección, pero que esa noche se detiene ante el misterio del Dios que se deja encadenar por amor.








Fotografías: Eduardo A. Bolaños Vargas. Textos IA de Gemini.


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